7/3/10

Aquí en MARA MAO

En MARA MAO, donde nada tiene aparente orden ni concierto, todas las perspectivas parecen ofrecer sin embargo nuevos sentidos subjetivos al caos general imperante. Es como si el colorido y decadente mosaico de figuras y objetos nos brindase un encuadre en cada rincón, un recuerdo postapocalíptico de lo que algún día fue la vida cotidiana de la humanidad.

La cámara, siempre gobierno de nuestro pobre ojo, quiso está vez fijar su objetivo en esta escena, sugerente y ordenada como cualquier otra. Nuestra rubísima Barbie, un poco despeinada por los acontecimientos de la intemperie, ha dejado el culto a su ya caduca imagen dando la espalda al espejo de su enseña. Quizá sea porque no fue nunca su espejo, hecho para ojos infantiles y no para sus expresivos y azules plásticos. O porque no quiere mirar hacia atrás, a un pasado de esplendor ya perdido, y sonreír al presente y más allá a su porvenir en el museo. Su dedo roza delicadamente el gorro del chef descolorido, antaño adalid de la alta cocina, y ahora deconstruído -aunque optimista- por la España de charanga y pandereta sin fondo que cuelga de su brazo.

El gran cocinero de cartón piedra, que es casi como carne o polvo -que es casi como todo-, aun se apoya en una silla. Si, si, su rostro desquiciado sonríe a la caricia de la ‘Barbie Recuerdos’ y suaviza lo desencajado de su mueca, ya para siempre. Nota el calor casi olvidado de su cocina y de los flashes y de los rayos catódicos al mostrar su imagen. Él no es consciente -y no puede moverse- pero en lo alto de la escena, apoyada como siempre en el altar -o en una tapia, que más da- la televisión quiere sigue siendo la reina. También en este jardín quiere hacer valer su voz única, aunque esta vez silenciosa, tanto como los árboles que florecen ajenos por naturaleza al manicomio. Igual que la vieja muñeca, aquí y precisamente aquí, es consciente de que sus grandes días ya pasaron. Que las voces en único sentido ya no sirven, que la gente ya aprendió las que ella contiene, y que ahora parece que quisiera encontrarlas por si misma.

Puede que quede una oportunidad, pero nunca volverá a ser como antes. Las cosas simplemente mudan como hicieron siempre, para ofrecernos un encuadre nuevo, otro más. Un cambio de traje, de piel de polyester, de cara a fuera. Parece que el verdadero fin aun no ha llegado y allá lejos continúa la dinámica rueda del mundo...

Aquí en MARA MAO los restos de aquel mundo ya están descansando, como una muestra del cambio, como una infinita fotografía de lo que algún día seremos todos. O de lo que siempre hemos sido.

Diego Sánchez Cortina